Victor Hugo había dicho que en París bastaba "respirar para conservar viva el alma", pero bien sabía él que incluso en París, o tal vez allí más que en ninguna otra parte, las musas gustan también de manjares menos etéreos. Porque de París, como los niños, nos vino el restaurante, el chef y la crítica gastronómica. Fue allí donde la cocina aprendió a expresarse en clave literaria y la literatura a disfrutar de la elocuencia culinaria, cruzando sus destinos en una auténtica sopa de letras.



domingo 3 de julio de 2011

...entonces, recordé el café de Manila,

donde nos hemos reunido tú y yo tantas veces. En el patio bajo el árbol de mango, pedí una cerveza; observé el entorno y sentí la camisa sudada. No tenía memoria de haber sentido antes tanto calor en Medellín. “Parece que viviéramos en la costa”, repetía todo el mundo por esos días. Sí, bajo ese árbol, tuve la sensación de estar en tierra caliente, en una finca de Montería o Mariquita. Aspiré y sentí un aroma que me evocó la atmósfera pegajosa y sensual de esas regiones. El piso de piedra estaba cubierto de flores de mango, y sorprendido entendí que el olor de la tierra caliente es el de las flores del mango fermentadas por las lluvias y luego sometidas por muchos días a la intensa solera.

Paloma Pérez S. (Fragmento de Agustín)



Estamos lejos de esas sopas de la infancia

Estamos lejos de esas sopas de la infancia impuestas por decreto. De adultos sabemos que como proclama Louis de Gouy (extraído de Citas para saborear) "Una buena sopa respira serenidad, ofrece consuelo después de un día fatigoso y promueve la sociabilidad... No hay nada como un plato de sopa caliente, con su penacho de vapor aromático acariciando las ventanas de la nariz hasta llevarlas a una estremecida expectativa". O como dice el proverbio judío "las preocupaciones bajan mejor con sopa que sin sopa"

Algunos ortodoxos insisten que las sopas casan raro con los vinos. Error. Nada mejor que un consomé con Jerez, un Viognier para una liviana sopa de verduras con mucho jengibre que hacen los peruanos en el invierno neblinoso. O un Sangiovese para un minestrone al pesto... A cada sopa su vino.

Como ese chorrito de champán que se impone añadir a una crema de zanahorias y que se acompaña, lógicamente con champán, version soph del chorrito de tinto que los nonos inmigrantes añadían a la sopa cotidiana.











domingo 13 de marzo de 2011

De comer MANUEL VICENT

En un restaurante puedes rechazar un plato, exigir que el filete esté más o menos hecho, dejar a medias la sopa sin dar explicaciones a nadie. En un restaurante de lujo uno puede permitirse cualquier veleidad gastronómica y algunos ejecutivos recién ascendidos a una mesa de cinco tenedores la exhiben solo para afirmar su personalidad. Los hay que en principio nunca dan por bueno el primer vino que les ofrece el sumiller; otros, más resabiados, necesitan tener sistemáticamente un altercado previo con el camarero para excitar los jugos gástricos o vaciar la propia frustración. El camarero cargará con la culpa que en todo caso corresponde al cocinero. Estos melindres culinarios se suelen dar en tipos que pasaron hambre en su niñez o estuvieron en su juventud condenados a engullir infinitos pinchos de mortadela. Pero hay casos en que no se permiten estos caprichos y el respeto es obligado, por ejemplo, cuando un amigo te invita a cenar a casa. Si su mujer ha preparado un plato con una receta propia y resulta que es una bazofia, no puedes devolverla a la cocina. Deberás poner buena cara, tragártela entera y ponderar la excelente mano de la cocinera entre los besos y sonrisas de la despedida. Otra cosa distinta es el comentario malvado que uno puede hacer ya en el coche de vuelta con el estómago destrozado. Tampoco está permitida ninguna clase de rebeldía en los restaurantes famosos de la alta cocina. Allí el camarero es un oficiante litúrgico que impone mucho respeto; en medio de un plato enorme el manjar se te ofrece como una diminuta instalación imposible de descifrar y el cocinero se aparece a los postres con una mitra faraónica para recibir el aplauso. En la alta cocina los cocineros son teólogos y entre ellos se engendran disputas encarnizadas como en las antiguas sectas. El único plato que admite una discusión libre sin reservas en el momento de zampárselo es la paella. Después del silencio de rigor que produce la primera cucharada está permitido criticar, discutir, burlarse, blasfemar, comparar, alabar o zaherir al cocinero. La paella es un guiso abierto y democrático que te permite ser natural a la hora de comer como hereje. El arroz llegó de China como medicina para formar emplastos o cataplasmas. A eso debe su prestigio.




miércoles 29 de diciembre de 2010

Esta Marginalia* fue publicada en octubre de dos mil siete en una revista electrónica que ya no circula, por lo tanto su nombre no tiene importancia. Revive ahora porque en los últimos días recibí un Testigo Urbano** enviado por T.C.*** sin texto alguno que lo acompañara, sólo dos palabras escritas al pie de la imagen. “Un chef”. En razón de que siempre respondo a sus colaboraciones decidí poner de nuevo sobre la mesa el texto que sigue.



… Un chef, seguramente un “Cordon Bleu”, dijo que para hacer un huevo frito o un café con leche era necesario tener una idea de la técnica y disponer del lugar adecuado. En cambio, aseguró, para hacer un guiso se necesita talento. No todos los chefs producen delicias iguales a partir de la misma receta. Sin lugar a dudas, el resultado es una cuestión de sensibilidad, paciencia, tacto, conocimiento, visión y audacia. ¿Por qué audacia? porque la gastronomía es un arte que se cuece de manera diferente cada vez que se le aborda y una particularidad de los creadores culinarios debe ser la de innovar.



Entre chefs y narradores no hay mucha diferencia. La cocina y la narración van por caminos simultáneos. La narración es también cuestión de sensibilidad, paciencia, tacto, conocimiento, audacia y visión para encontrar el sendero distinto al que todos imaginan y llegar a un resultado inesperado.



Este texto, por ejemplo, tiene infinitas maneras de ser escrito, con seguridad unas más acertadas que otras; más largas o cortas; puede convertirse en un tratado denso o una nota superficial. El tema acepta todas las variables. Para estar en el sabor inicial del planteamiento, el plato-texto será tan picante o aliñado como el chef-escritor quiera y dejará el gusto ajustado en el paladar. Una narración se saborea de la misma manera que un corrientazo o un menú sofisticado porque cada uno, en la mezcla de sus ingredientes, cuenta una historia.



Dos fardos fundamentales llevamos a cuestas, algunas veces pesan, otras, aligeran: el sustento y la palabra. La necesidad de nutrirse y la necesidad de contarse. Sería impensable pasar sin una de ellas. Ambas son indispensables para vivir, para comprender, para conocer, para encontrar o ser encontrado, y es justamente la connotación de indispensable que cada una lleva en si, lo que en esencia las hace arte; son lo básico, lo primero, lo sencillo, lo propio. Hablamos de dos artes simultáneas, la gastronomía y la narración, dos artes vitales que se encuentran silvestres en el devenir de cada persona.



Por un lado la gastronomía o el arte de dar valor y sabor a los alimentos, de cambiarles la textura, el color, la forma; el arte de mezclarlos, de buscar gustos y aromas; el arte de narrar a través de los sabores y aromas. Una “Mazamorra chiquita” con sus nabos, cubios papas y habas, por ejemplo, habla de las tierras frías del altiplano cundiboyacense; de las ruanas de lana peinada que llevan los hombres y de los pañolones negros que distinguen a las mujeres; habla de una tierra donde mujeres y hombres llevan sombrero, casi siempre negro, de fieltro, y consumen “pola” por igual. Dicen que cuando no encontró la “Changua” lista al levantarse en la mañana, un hombre caminó los kilómetros que lo separaban del lugar donde pasó la noche, una casa cercana a la plaza principal de Tibasosa, hasta la vereda cercana a Sogamoso donde vivía con su mujer, con tan poca suerte que al llegar encontró que otro ya había consumido su ración y dejado el rastro frío, aunque su lado de la cama estaba aún caliente. Parece que la mezcla de sal, agua, leche, cebolla larga picada muy fina, tres cucharadas de cilantro, también picado muy fino, todo dejado hervir en un perol durante diez minutos, da a quien la consume atributos en lugares donde otros alimentos no. Algo parecido se dice a propósito de la cerveza Heineken que según sus fabricantes “Refresca partes donde otras cervezas no llegan”.



Las narraciones, de otro lado, se hacen, se construyen alrededor de las personas, a su antojo, para que sean contadas de maneras diversas. Como dice Keserü, personaje de Imre Kertész, “Un sinúmero de libros duerme en mi interior, buenos y malos, de todos géneros. Frases, palabras, párrafos y versos, que, tal infatigables realquilados, resucitan de forma inesperada, vagan en solitario por mi cabeza y a veces se ponen a hablar allí a voz en cuello, sin que yo atine a callarlos…”



Todo plato tiene su historia; bien sea porque su momento histórico lo inmortalizó, como el plato de lentejas que permitió a José negociar la primogenitura; o, en un tiempo más cercano, las peras en chocolates que alguna vez sirvieron a la mesa de Sarah Bernhardt y fueron tan de su gusto que quedaron bautizadas como “Peras Bernhardt”, plato que solo se encuentra en los grandes restaurantes al promediar la primavera. “El Cordero con Salsa de Menta” fue uno de los platos de elección en el Titanic la noche del 12 de abril de 1912. Figuraba en el menú y se podía combinar con “Calabacín Relleno” y como postre el “Ponche Romano” que según la historia era manjar de moda en la época de los Emperadores.



“La mejor salsa es el hambre” escuché decir alguna vez, quien la pronunció lo hizo como si palabra, sustento, deseo e imaginación fueran una sola y única cosa que se satisface simultáneamente. La posibilidad de imaginar narraciones y aromas, situaciones, sabores y colores hasta construir una historia que no será la oficial, será la historia cercana, cotidiana, de cada uno, que conecta con la cultura nacional, regional, de vecindario, de barrio, de calle, de esquina y es, sin lugar a dudas, personal e íntima, es la historia que se convierte en necesidad, que requiere de una palabra que la sazone, de una imaginación que la diferencie y de un sustento que le de valor, sensibilidad, sentido. Sabor de vida y de memoria.



Las salsas por su lado, llevan a los sentidos, al aroma, al sabor, uno no existe sin el otro y sin la memoria. Cuando los reconocemos es porque hacen parte de lo que nos rodea, de la cultura, personal e íntima. ¿Qué es una salsa? Desde el punto de vista de la técnica, es una mezcla de ingredientes que en otras épocas tenía como objetivo esconder aquello que no queríamos que el huésped viera. Como sucedía con los pintores menores del Renacimiento que para evitar la ejecución de manos o pies descalzos encontraban siempre piedras o drapeados para disimularlos.



Desde el punto de vista del chef, la salsa es parte de la composición y en lugar de esconder lo indeseable, contribuye a poner en valor la estética, el sabor, el aroma y oficia de mediador entre el huésped y el plato, como el maestro de ceremonias que introduce. En su libro “Afrodita”, más precisamente en el capítulo de “Salsas y otros fluidos esenciales”, Isabel Allende menciona así el valor sensual de una salsa: “… debe ser atractiva a la mirada, como el rostro de la persona amada, sabrosa como un beso, suave como las partes más íntimas y debe tener un aroma único, intransferible como la piel…”



Desde el punto de vista de la narración la salsa se cuece en su origen y en el de sus ingredientes. Allí donde algunos encuentran historias de amor; otros encontrarán aventuras y deseos de filibusteros, mares y borrascas. Habrá quien tenga presente el lugar de sus idilios o habrá también quien recuerde la esencia de lecturas pasadas. Habrá quien escarbe en su memoria en busca de situaciones anteriores y también quien las invente con la esperanza de que sucedan para conocer el sabor del imaginario presente.



Como decía el mismo Chef del comienzo, aroma y sabor son inseparables, como tan inseparables son comida y palabra, audacia y visión, atributos básicos para elaborar la relación entre lo que está y lo que pasa, entre narración y memoria, entre textura y sabor, color y forma. Los elementos para lograrlo están, los vemos en todas partes, los narramos, así sea para nosotros mismos y en silencio, lo que hace falta es darnos cuenta de que lo hacemos. No es fácil. Si lo fuera, todo, o casi todo, estaría hecho…



Argumento. Un hombre, también puede ser una mujer, escribe un e-mail a sus amigos en vísperas del último día del año. El mensaje es corto y telegráfico: ¡El año que viene sí! Lo envía y espera. A partir de ese correo comienza la historia.



*Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra. *Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicaba en revistas.



© Saúl Alvarez Lara



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viernes 29 de enero de 2010

"restaurant"

Hace quinientos años nacía Rabelais, escritor humanista que legara a la literatura un personaje fantástico, Pantagruel, perfecto emisario de su mensaje hedonista: la exaltación de las alegrías materiales e intelectuales de la vida. Desgraciadamente este gigante glotón no pudo nunca ir a cenar a un restaurante. Sencillamente porque todavía no existían.
Hasta el siglo XVIII la palabra "restaurant" se refería en Francia a un caldo de carne que "revigorizaba y restauraba". Poco a poco, los establecimientos que en principio sólo servían este tentempié fueron diversificando sus propuestas hasta componer una carta. Característica ésta que, junto a la disposición de los cubiertos en mesas independientes, los diferenciaba de las tabernas tradicionales. Pero el verdadero auge de los restaurantes se lo debemos a la Revolución Francesa que, poniendo en la calle a los grandes cocineros de la aristocracia, les obliga a reciclarse y hacer uso más democrático de su talento.
Con la publicación en 1803 del Almanaque Gourmand, Alexandre G. de la Reynière inventa la crítica gastronómica. Un nuevo género literario que se verá correspondido, ya que también por entonces las gentes de letras, habituadas a los restringidos salones mundanos, comienzan a saborear esta nueva forma de cultura social que son los restaurantes. Que ya lo decía el escritor y gastrónomo Brillat-Savarin en su Fisiología del gusto (1825), "el animal se sustenta, el hombre se alimenta y el hombre ilustrado sabe comer".
De aquella generación de establecimientos nacidos en París a finales del siglo XVIII, sólo uno ha llegado hasta nosotros: Le Grand Véfour. Un restaurante que ilustra además perfectamente la complicidad entre dos artes que juntas alimentan cuerpo y alma. Inaugurado bajo los soportales del Palais-Royal, el barrio más animado de la época, conoció en su origen un éxito tal que su propietario pudo retirarse al cabo de sólo tres años, librándolo a su suerte. A una aventura dos veces centenaria que se verá turbada por múltiples avatares, siendo su clientela literaria quien se encargue puntualmente de disciplinar su destino descarriado.
Desde 1830, coincidiendo con el declive del barrio, su supervivencia se ve amenazada. Y ya entonces estaban para reconfortarle Lamartine, Sainte-Beuve o Victor Hugo degustando su plato preferido: cordero con judías blancas. Y aunque también allí la Bella Otero caracoleando sobre las mesas, la Belle Epoque palpitaba ya en otros barrios de París.

Así que otra vez se atolondra su estrella y el Véfour pasa de un dueño a otro hasta caer incluso en el "deshonor" de la servilleta de papel. Dos brillantes nombres de la literatura acudirán de nuevo en su ayuda. Colette y Cocteau, ambos vecinos del establecimiento, lo convierten en su cuartel general arrastrando tras ellos a la flor y nata de la intelectualidad del momento. Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, André Malraux, Louis Aragon, Jean Genet o Marcel Pagnol han dejado impresa su visita.

Más curiosa todavía es la historia de aquel italiano, Francesco Procopio, que tentara fortuna en Francia allá por el siglo XVII. Su local se fundó en 1686, aunque bien es cierto que no se convierte propiamente en restaurante hasta mucho después, cuando ya su suculenta biografía se ha hecho indisociable de las letras parisinas.

“EL SABER DE LOS SABORES”,-la colección de libros de cocinade Maraya Vélez de Sánchez-
La exposición, con textos del antropólogo Julián Estrada,

martes 19 de enero de 2010

—. Hay al menos un detalle en el que los ricos,


los realmente ricos, son diferentes  del resto de la gente. Entienden de verduras. El resto de la gente, bueno,todo el mundo puede arreglárselas con un roast beef, un buen filete, langostas. ¿Pero te has fijado cómo en los hogares de los muy ricos, en casa de los Wrightman, o los Dillon, en casa de los Bunny y los Babe, siempre sirven los vegetales más hermosos y variados? Los petits pois más verdes, zanahorias infinitesimales, un maíz tan fetal y tierno que parece nonato, unas arvejas máschiquititas que los ojos de un ratón, y ¡qué espárragos tiernos! ¡Qué lechuga salida de la más fina tierra! ¡Que champiñones crudos! ¡Que calabacines!

Truman Capote plegarias atendidas

sábado 16 de enero de 2010

Me arrepiento de las dietas,


De los platos deliciosos rechazados por vanidad, tanto como lamento las ocasiones de hacer el amor que he dejado pasar por ocuparme de tareas pendientes o por virtud puritana. Paseando por los jardines de la memoria, descubro que mis recuerdos están asociados a los sentidos. Mi tía Teresa, la que se fue transformando en ángel y murió con embriones de alas en los hombros, está ligada para siempre al olor de las pastillas de violeta. Cuando esa dama encantadora aparecía de visita, con su vestido gris discretamente iluminado por un cuello de encaje y su cabeza de reina coronada de nieve, los niños corríamos a su encuentro y ella abría con gestos rituales su vieja cartera, siempre la misma, extraía una pequeña caja de lata pintada y nos daba un caramelo de color malva. Y desde entonces, cada vez que el aroma inconfundible de violetas se insinúa en el aire, la imagen de esa tía santa, que robaba flores de los jardines ajenos para llevar a los moribundos del hospicio, vuelve intacta a mi alma. Cuarenta años más tarde supe que ése era el sello de Josefina Bonaparte, quien confiaba ciegamente en el poder afrodisíaco de aquel huidizo aroma que tan pronto asalta con una intensidad casi nauseabunda, como desaparece sin dejar trazos para regresar enseguida con renovado ardor.


Isabel Allende