Victor Hugo había dicho que en París bastaba "respirar para conservar viva el alma", pero bien sabía él que incluso en París, o tal vez allí más que en ninguna otra parte, las musas gustan también de manjares menos etéreos. Porque de París, como los niños, nos vino el restaurante, el chef y la crítica gastronómica. Fue allí donde la cocina aprendió a expresarse en clave literaria y la literatura a disfrutar de la elocuencia culinaria, cruzando sus destinos en una auténtica sopa de letras.



sábado, 7 de noviembre de 2009

Comer un fruto

Significa hacer entrar en nuestro Ser un hermoso objeto viviente, extraño, nutrido y favorecido como nosotros por la tierra; significa consumar un sacrificio en el cual optamos por nosotros frente a las cosas. Jamás mordí la miga de pan de los cuarteles sin maravillarme de que ese amasijo pesado y grosero pudiera transformarse en sangre, en calor, acaso en valentía. ¡Ah! ¿Por qué mi espíritu, aun en sus mejores días, sólo posee una parte, de los poderes asimiladores de un cuerpo? Marguerite Yourcenar (Memorias de Adriano)

Comer sólo lo que es estrictamente necesario. Degustar con plenitud y reflexión lo que se come; lo contrario sería muestra de ingratitud. Preparar las comidas aplicando cuidados exquisitos y avaros. Desdeñar toda preparación que no sea de una sencillez en cantadora. Beber un poco de vino a la noche como una medicina deliciosa. La cerveza, alimento líquido. La sidra, esencia del huerto. El té, caricia de Buda. Medicina ligera, apoyo casi espiritual. El café, auxiliar ya demasiado potente. Un poco a la mañana y en el día a grandes intervalos en caso de fatiga.
Como el vino y el agua. El primero “nos inicia en los misterios volcánicos del suelo, en las ocultas riquezas minerales; una copa de Samos bebida a mediodía a pleno sol, o bien absorbida una noche de invierno, en un estado de fatiga (…) es una sensación casi sagrada, a veces demasiado intensa para una cabeza humana; no he vuelto a encontrarla al salir de las bodegas numeradas de Roma, y la pedantería de los grandes catadores de vinos me impacienta” En cuanto al agua, “más piadosamente aún el agua bebida en el hueco de la mano, o de la misma fuente, hace fluir en nosotros la sal secreta de la tierra y la lluvia del cielo. Pero aun el agua es una delicia que un enfermo como yo solo debe gustar con sobriedad. No importa; en la agonía mezclada con la amargura de las últimas pociones, me esforzaré por saborear su fresca insipidez sobre mis labios”
Marguerite Yourcenar (Memorias de Adriano)

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