Victor Hugo había dicho que en París bastaba "respirar para conservar viva el alma", pero bien sabía él que incluso en París, o tal vez allí más que en ninguna otra parte, las musas gustan también de manjares menos etéreos. Porque de París, como los niños, nos vino el restaurante, el chef y la crítica gastronómica. Fue allí donde la cocina aprendió a expresarse en clave literaria y la literatura a disfrutar de la elocuencia culinaria, cruzando sus destinos en una auténtica sopa de letras.



sábado, 7 de noviembre de 2009

"La cocina, como la poesía, tiene algo revelador.


 La laboriosidad de quien prepara los alimentos en una estufa, o en un fogón de leña, es sin duda un hecho estético. Eso que en Cartagena llamamos el plátano en tentación. La manera en que a través del plátano se nos va revelando el color del oro, los aromas sutiles que se desprenden de allí, eso tiene su poética. La cocina participa de los ritos poéticos porque tiene una alquimia parecida a la de la poesía. A un ser lleno de mal humor nunca le sale un poema. Así en la cocina. Una persona que esté amargada nos va a ofrecer alimentos que no se pueden comer, alimentos que, de todos modos, si uno se los come, se va a indigestar con ellos. El cocinero, como el poeta, le transmite a la materia sus estados de ánimo. Por eso, creo que detrás de la buena cocina normalmente hay personas llenas de alegría, que dan más vida a la vida que hay. Así la poesía, que pone al ser humano, por medio del recurso de su sensibilidad, en una situación transformadora del mundo. El maestro Alejo Carpentier, cuando nos hablaba del Caribe como geografía musical, nos recordaba las muchas alusiones que hay a esos vínculos: si caminas como cocinas...”

Roberto Burgos Cantor (Cuentista y novelista colombiano, autor de El patio de los vientos perdidos y Quiero es cantar, entre otros).

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