Victor Hugo había dicho que en París bastaba "respirar para conservar viva el alma", pero bien sabía él que incluso en París, o tal vez allí más que en ninguna otra parte, las musas gustan también de manjares menos etéreos. Porque de París, como los niños, nos vino el restaurante, el chef y la crítica gastronómica. Fue allí donde la cocina aprendió a expresarse en clave literaria y la literatura a disfrutar de la elocuencia culinaria, cruzando sus destinos en una auténtica sopa de letras.



sábado, 21 de noviembre de 2009

Son propias de un gastrónomo


Actividades tales como degustar, transformar, historiar, narrar, descubrir, vincular, entender, conocer, contextualizar, experimentar e investigar los alimentos. Así pues, la gastronomía se debe entender como una actividad interdisciplinaria. Si bien se observa se descubrirá que alrededor del alimento existe danza, teatro, pintura, escultura, literatura, arquitectura, música, en resumen Bellas Artes. Pero también hay física, matemáticas, química, biología, geología, agronomía, es decir, ciencias exactas y naturales. Y además hay antropología, historia, letras, filosofía, psicología, sociología, por parte de las ciencias sociales



miércoles, 18 de noviembre de 2009

El invierno en Lisboa


Antonio Muñoz Molina


Los domingos yo me levantaba muy tarde y desayunaba cerveza, porque me avergonzaba un poco pedir café con leche a mediodía en un bar. En las mañanas de los domingos invernales hay en ciertos lugares de Madrid una apacible y fría luz que depura como en el vacío la transparencia del aire, una claridad que hace más agudas las aristas blancas de los edificios y en la que los pasos y las voces resuenan como en una ciudad desierta. Me gustaba levantarme tarde y leer el periódico en un bar limpio y vacío, bebiendo justo la cantidad de cerveza que me permitiera llegar a la comida en ese estado de halagüeña indolencia que le hace a uno mirar todas las cosas como si observara, dotado de un cuaderno de notas, el interior de un panal con las paredes de vidrio.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Café solo - Manuel Vicent


Sé perfectamente que el día en que me muera no echaré de menos los grandes acontecimientos que pude haber vivido, sino el perfume de café con tostada y algunas pequeñas sensaciones, por ejemplo, estirar la pierna hacia el lado fresco de la sábana en las madrugadas de primavera cuando cantaba el mirlo en el jardín. Si me da un poco de pereza morir es porque ya no podré ir por las mañanas a comprar el periódico ni contemplar de camino en la parada del autobús los rostros frescos de las adolescentes que tienen aún todo el amor por delante. Mi lucha por la existencia consiste en que a la hora del desayuno sea mucho más importante el aroma del café que las catástrofes que leo en el periódico abierto junto a las tostadas. También es muy placentero llamar por teléfono a algún amigo a media mañana para que te cuente los últimos rumores. Por un lado está la Crítica de la razón pura, de Kant, y por otro están los chismes. Supongo que los chismes de las tertulias será lo último que uno recuerde con una marca más indeleble que cualquier filosofía, y junto a ello estará la suavidad de un paseo vespertino, algunas puestas de sol, las lecturas de noche en la cama con la amorosa luz de la mesilla. Quisiera saber qué hace llorar a los moribundos más sabios. Sin duda, sus lágrimas no se deben a los triunfos que consiguieron ni a las grandes tragedias que soportaron, sino a los sencillos placeres que experimentaron, a la gente buena que conocieron, a los alimentos que degustaron con parsimonia entre amigos. ¿Qué es la muerte? Tal vez la muerte consiste en no tomar ya más una medialuna crujiente con el café por las mañanas junto al ventanal ni enterarse ya nunca jamás de los resultados del Campeonato cada domingo. Al final de todas las religiones y filosofías, en medio de tantos dioses, héroes y sueños, resulta que la vida no es sino un conjunto de chismes y un nudo de aromas, una pequeña costumbre cuyos pilares más sólidos son de humo y salen de ciertas tazas frente a las cuales uno ha sido feliz.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Comer un fruto

Significa hacer entrar en nuestro Ser un hermoso objeto viviente, extraño, nutrido y favorecido como nosotros por la tierra; significa consumar un sacrificio en el cual optamos por nosotros frente a las cosas. Jamás mordí la miga de pan de los cuarteles sin maravillarme de que ese amasijo pesado y grosero pudiera transformarse en sangre, en calor, acaso en valentía. ¡Ah! ¿Por qué mi espíritu, aun en sus mejores días, sólo posee una parte, de los poderes asimiladores de un cuerpo? Marguerite Yourcenar (Memorias de Adriano)

Comer sólo lo que es estrictamente necesario. Degustar con plenitud y reflexión lo que se come; lo contrario sería muestra de ingratitud. Preparar las comidas aplicando cuidados exquisitos y avaros. Desdeñar toda preparación que no sea de una sencillez en cantadora. Beber un poco de vino a la noche como una medicina deliciosa. La cerveza, alimento líquido. La sidra, esencia del huerto. El té, caricia de Buda. Medicina ligera, apoyo casi espiritual. El café, auxiliar ya demasiado potente. Un poco a la mañana y en el día a grandes intervalos en caso de fatiga.
Como el vino y el agua. El primero “nos inicia en los misterios volcánicos del suelo, en las ocultas riquezas minerales; una copa de Samos bebida a mediodía a pleno sol, o bien absorbida una noche de invierno, en un estado de fatiga (…) es una sensación casi sagrada, a veces demasiado intensa para una cabeza humana; no he vuelto a encontrarla al salir de las bodegas numeradas de Roma, y la pedantería de los grandes catadores de vinos me impacienta” En cuanto al agua, “más piadosamente aún el agua bebida en el hueco de la mano, o de la misma fuente, hace fluir en nosotros la sal secreta de la tierra y la lluvia del cielo. Pero aun el agua es una delicia que un enfermo como yo solo debe gustar con sobriedad. No importa; en la agonía mezclada con la amargura de las últimas pociones, me esforzaré por saborear su fresca insipidez sobre mis labios”
Marguerite Yourcenar (Memorias de Adriano)

"La cocina, como la poesía, tiene algo revelador.


 La laboriosidad de quien prepara los alimentos en una estufa, o en un fogón de leña, es sin duda un hecho estético. Eso que en Cartagena llamamos el plátano en tentación. La manera en que a través del plátano se nos va revelando el color del oro, los aromas sutiles que se desprenden de allí, eso tiene su poética. La cocina participa de los ritos poéticos porque tiene una alquimia parecida a la de la poesía. A un ser lleno de mal humor nunca le sale un poema. Así en la cocina. Una persona que esté amargada nos va a ofrecer alimentos que no se pueden comer, alimentos que, de todos modos, si uno se los come, se va a indigestar con ellos. El cocinero, como el poeta, le transmite a la materia sus estados de ánimo. Por eso, creo que detrás de la buena cocina normalmente hay personas llenas de alegría, que dan más vida a la vida que hay. Así la poesía, que pone al ser humano, por medio del recurso de su sensibilidad, en una situación transformadora del mundo. El maestro Alejo Carpentier, cuando nos hablaba del Caribe como geografía musical, nos recordaba las muchas alusiones que hay a esos vínculos: si caminas como cocinas...”

Roberto Burgos Cantor (Cuentista y novelista colombiano, autor de El patio de los vientos perdidos y Quiero es cantar, entre otros).

La magdalena de Proust


Me llevé a los labios una cucharada de té en el que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que lo causaba...                      
                                                 Marcel Proust. En busca del tiempo perdido

Algunos sabores nos llevan al terreno de los recuerdos—como los madalenas de Marcel Proust. Hay quienes prefieren preparar comida de lujo, de invitados, visualmente impresionantes con estructura para que sus comensales queden deslumbrados por sus creaciones. Nosotros, en cambio, queremos preparar comida que sabe a sus ingredientes honestos.


Nos interesan poco aquellos platos cuya procedencia desconocemos, aunque pueden ser exquisitos. La evolución de una comida regional o nacional tiene raíces en su historia. Y no negamos que nos encantaría cenar alguna vez en El Buli, pero ese deseo no disminuye nuestro interés en pedirle a una carnicera de la plaza de mercado de Barichara el secreto de la carne oreada, ni el placer de saborearla luego —con pepitoria, por supuesto— en un restaurante de carretera.

"Asado Emperatriz" - Alejandro Dumas


El gran escritor Alejandro Dumas era un famoso gourmet y cocinero que escribió un libro de recetas de cocina donde figura la del famoso "Asado Emperatriz", que es como sigue: "Se toma una aceituna rellena con anchoas, y se coloca en el interior de una alondra limpia; la alondra se coloca dentro de una codorniz, ésta dentro de una perdiz y ésta a su vez se pone en un faisán. El suculento y aristocrático faisán se coloca a su vez cariñosamente dentro de un pavo, y el pavo, por fin, se embute en la cavidad abdominal de un cochinillo no demasiado grande, que se cierra al exterior muy pulcramente. Todo este paquetito se pone en una cazuela de asar bien untada de manteca y, según arte, vertiendo constantemente encima el mismo jugo que de él se desprende, se le deja asar a fuego lento. Cuando uno juzga que ya está a punto, se va procediendo en el sentido inverso, o sea, se sacan el pavo del cochinillo, el faisán del pavo, etc. Y así hasta que se llega al colmo de esta delicia culinaria, es decir, a la aceituna, en cuyo interior se alberga la sabrosa sinfonía de la anchoa "