Victor Hugo había dicho que en París bastaba "respirar para conservar viva el alma", pero bien sabía él que incluso en París, o tal vez allí más que en ninguna otra parte, las musas gustan también de manjares menos etéreos. Porque de París, como los niños, nos vino el restaurante, el chef y la crítica gastronómica. Fue allí donde la cocina aprendió a expresarse en clave literaria y la literatura a disfrutar de la elocuencia culinaria, cruzando sus destinos en una auténtica sopa de letras.



viernes, 29 de enero de 2010

"restaurant"

Hace quinientos años nacía Rabelais, escritor humanista que legara a la literatura un personaje fantástico, Pantagruel, perfecto emisario de su mensaje hedonista: la exaltación de las alegrías materiales e intelectuales de la vida. Desgraciadamente este gigante glotón no pudo nunca ir a cenar a un restaurante. Sencillamente porque todavía no existían.
Hasta el siglo XVIII la palabra "restaurant" se refería en Francia a un caldo de carne que "revigorizaba y restauraba". Poco a poco, los establecimientos que en principio sólo servían este tentempié fueron diversificando sus propuestas hasta componer una carta. Característica ésta que, junto a la disposición de los cubiertos en mesas independientes, los diferenciaba de las tabernas tradicionales. Pero el verdadero auge de los restaurantes se lo debemos a la Revolución Francesa que, poniendo en la calle a los grandes cocineros de la aristocracia, les obliga a reciclarse y hacer uso más democrático de su talento.
Con la publicación en 1803 del Almanaque Gourmand, Alexandre G. de la Reynière inventa la crítica gastronómica. Un nuevo género literario que se verá correspondido, ya que también por entonces las gentes de letras, habituadas a los restringidos salones mundanos, comienzan a saborear esta nueva forma de cultura social que son los restaurantes. Que ya lo decía el escritor y gastrónomo Brillat-Savarin en su Fisiología del gusto (1825), "el animal se sustenta, el hombre se alimenta y el hombre ilustrado sabe comer".
De aquella generación de establecimientos nacidos en París a finales del siglo XVIII, sólo uno ha llegado hasta nosotros: Le Grand Véfour. Un restaurante que ilustra además perfectamente la complicidad entre dos artes que juntas alimentan cuerpo y alma. Inaugurado bajo los soportales del Palais-Royal, el barrio más animado de la época, conoció en su origen un éxito tal que su propietario pudo retirarse al cabo de sólo tres años, librándolo a su suerte. A una aventura dos veces centenaria que se verá turbada por múltiples avatares, siendo su clientela literaria quien se encargue puntualmente de disciplinar su destino descarriado.
Desde 1830, coincidiendo con el declive del barrio, su supervivencia se ve amenazada. Y ya entonces estaban para reconfortarle Lamartine, Sainte-Beuve o Victor Hugo degustando su plato preferido: cordero con judías blancas. Y aunque también allí la Bella Otero caracoleando sobre las mesas, la Belle Epoque palpitaba ya en otros barrios de París.

Así que otra vez se atolondra su estrella y el Véfour pasa de un dueño a otro hasta caer incluso en el "deshonor" de la servilleta de papel. Dos brillantes nombres de la literatura acudirán de nuevo en su ayuda. Colette y Cocteau, ambos vecinos del establecimiento, lo convierten en su cuartel general arrastrando tras ellos a la flor y nata de la intelectualidad del momento. Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, André Malraux, Louis Aragon, Jean Genet o Marcel Pagnol han dejado impresa su visita.

Más curiosa todavía es la historia de aquel italiano, Francesco Procopio, que tentara fortuna en Francia allá por el siglo XVII. Su local se fundó en 1686, aunque bien es cierto que no se convierte propiamente en restaurante hasta mucho después, cuando ya su suculenta biografía se ha hecho indisociable de las letras parisinas.

“EL SABER DE LOS SABORES”,-la colección de libros de cocinade Maraya Vélez de Sánchez-
La exposición, con textos del antropólogo Julián Estrada,

martes, 19 de enero de 2010

—. Hay al menos un detalle en el que los ricos,


los realmente ricos, son diferentes  del resto de la gente. Entienden de verduras. El resto de la gente, bueno,todo el mundo puede arreglárselas con un roast beef, un buen filete, langostas. ¿Pero te has fijado cómo en los hogares de los muy ricos, en casa de los Wrightman, o los Dillon, en casa de los Bunny y los Babe, siempre sirven los vegetales más hermosos y variados? Los petits pois más verdes, zanahorias infinitesimales, un maíz tan fetal y tierno que parece nonato, unas arvejas máschiquititas que los ojos de un ratón, y ¡qué espárragos tiernos! ¡Qué lechuga salida de la más fina tierra! ¡Que champiñones crudos! ¡Que calabacines!

Truman Capote plegarias atendidas

sábado, 16 de enero de 2010

Me arrepiento de las dietas,


De los platos deliciosos rechazados por vanidad, tanto como lamento las ocasiones de hacer el amor que he dejado pasar por ocuparme de tareas pendientes o por virtud puritana. Paseando por los jardines de la memoria, descubro que mis recuerdos están asociados a los sentidos. Mi tía Teresa, la que se fue transformando en ángel y murió con embriones de alas en los hombros, está ligada para siempre al olor de las pastillas de violeta. Cuando esa dama encantadora aparecía de visita, con su vestido gris discretamente iluminado por un cuello de encaje y su cabeza de reina coronada de nieve, los niños corríamos a su encuentro y ella abría con gestos rituales su vieja cartera, siempre la misma, extraía una pequeña caja de lata pintada y nos daba un caramelo de color malva. Y desde entonces, cada vez que el aroma inconfundible de violetas se insinúa en el aire, la imagen de esa tía santa, que robaba flores de los jardines ajenos para llevar a los moribundos del hospicio, vuelve intacta a mi alma. Cuarenta años más tarde supe que ése era el sello de Josefina Bonaparte, quien confiaba ciegamente en el poder afrodisíaco de aquel huidizo aroma que tan pronto asalta con una intensidad casi nauseabunda, como desaparece sin dejar trazos para regresar enseguida con renovado ardor.


Isabel Allende

Ah! si las especies cantaran que canciones cantarían



Quien alguna vez se sienta fabulosamente agredido por el ají, perfumado por la canela o acariciado por la vainilla no concebira su vida sin las especias, esos productos vegetales que enriquecen el sabor y el aroma de los alimentos, y los liberan de la monotonia.
Conozco su origen y el significado de sus colores y sus aromas. Puedo llamar a cada una por su verdadero nombre, el que recibieron al principio, cuando la tierra se agrietó como piel y lo ofrendó al cielo. Su ardor fluye en mi sangre. Todas obedecen mis órdenes, del amchur al azafrán. Me basta con un susurro para que revelen sus propiedades ocultas, sus virtudes mágicas.

Sí, todas poseen magia, incluso las especias corrientes que echamos sin pensar en los guisos diarios.
¿Lo dudan? ¡Vaya! Han olvidado los secretos antiguos que conocían las madres de nuestras madres. Les recordaré uno: si se frotan las muñecas con semillas de vainilla previamente reblandecidas en leche de cabra, éstas los protegerán contra el mal de ojo. Y otro: una medida de pimienta, dispuesta en forma de media luna a los pies de la cama, ahuyenta las pesadillas.

Pero las especias que tienen más poder son las de mi tierra natal, país de poesía vehemente y plumas de color aguamarina. De cielos crepusculares tan brillantes como la sangre.

Son las que utilizo.

Chitra Divakaruni, La señora de las especias.


Para los que no gustan del champán


Ina le pidió al encargado de los vinos una botella de Roederer Cristal. Incluso para los que no gustan del champán entre los que yo me cuento, hay dos marcas de champán a las que uno no puede negarse: Don Pérignon y aún mejor Cristal, que viene embotellado en un vidrio color natural que muestra su pálido resplandor, una Llamarada helada de una sequedad tan punzante que, al tragárselo, no parece en absoluto que uno se lo haya tragado, al contrario, es como si se hubiera evaporado en la lengua y hubiera ardido en una única ceniza dulce y húmeda.



Truman Capote Plegarias atendidas




domingo, 3 de enero de 2010

Las pequeñas virtudes


A él le gustan los tallarines, el cordero lechal, las cerezas y el vino tinto. A mí me gustan la sopa, de legumbres, la sopa de pan, la tortilla y las verduras.


Suele decirme que no entiendo nada en cuestiones de comer, que soy como algunos frailotes robustos que devoran las sopas de hierbas a la sombra de sus conventos; él, sin embargo, él es un refinado, de paladar sensible. En el restaurante se informa largamente; hace que le lleven dos o tres botellas, las observa y reflexiona, acariciándose la barba despacio.

En Inglaterra hay algunos restaurantes donde el camarero emplea ese pequeño ceremonial: le sirve al cliente un dedo de vino en la copa, para que pruebe si es de su gusto. Él odia ese pequeño ceremonial; y siempre le impedía al camarero cumplirlo, quitándole la botella de la mano. Yo se lo reprochaba, haciéndole notar que a cada uno hay que permitirle cumplir con sus obligaciones .




Natalia Ginzburg (Las pequeñas virtudes)