Victor Hugo había dicho que en París bastaba "respirar para conservar viva el alma", pero bien sabía él que incluso en París, o tal vez allí más que en ninguna otra parte, las musas gustan también de manjares menos etéreos. Porque de París, como los niños, nos vino el restaurante, el chef y la crítica gastronómica. Fue allí donde la cocina aprendió a expresarse en clave literaria y la literatura a disfrutar de la elocuencia culinaria, cruzando sus destinos en una auténtica sopa de letras.



domingo, 3 de enero de 2010

Las pequeñas virtudes


A él le gustan los tallarines, el cordero lechal, las cerezas y el vino tinto. A mí me gustan la sopa, de legumbres, la sopa de pan, la tortilla y las verduras.


Suele decirme que no entiendo nada en cuestiones de comer, que soy como algunos frailotes robustos que devoran las sopas de hierbas a la sombra de sus conventos; él, sin embargo, él es un refinado, de paladar sensible. En el restaurante se informa largamente; hace que le lleven dos o tres botellas, las observa y reflexiona, acariciándose la barba despacio.

En Inglaterra hay algunos restaurantes donde el camarero emplea ese pequeño ceremonial: le sirve al cliente un dedo de vino en la copa, para que pruebe si es de su gusto. Él odia ese pequeño ceremonial; y siempre le impedía al camarero cumplirlo, quitándole la botella de la mano. Yo se lo reprochaba, haciéndole notar que a cada uno hay que permitirle cumplir con sus obligaciones .




Natalia Ginzburg (Las pequeñas virtudes)

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