A él le gustan los tallarines, el cordero lechal, las cerezas y el vino tinto. A mí me gustan la sopa, de legumbres, la sopa de pan, la tortilla y las verduras.
Suele decirme que no entiendo nada en cuestiones de comer, que soy como algunos frailotes robustos que devoran las sopas de hierbas a la sombra de sus conventos; él, sin embargo, él es un refinado, de paladar sensible. En el restaurante se informa largamente; hace que le lleven dos o tres botellas, las observa y reflexiona, acariciándose la barba despacio.
En Inglaterra hay algunos restaurantes donde el camarero emplea ese pequeño ceremonial: le sirve al cliente un dedo de vino en la copa, para que pruebe si es de su gusto. Él odia ese pequeño ceremonial; y siempre le impedía al camarero cumplirlo, quitándole la botella de la mano. Yo se lo reprochaba, haciéndole notar que a cada uno hay que permitirle cumplir con sus obligaciones .
Natalia Ginzburg (Las pequeñas virtudes)

No hay comentarios:
Publicar un comentario