Victor Hugo había dicho que en París bastaba "respirar para conservar viva el alma", pero bien sabía él que incluso en París, o tal vez allí más que en ninguna otra parte, las musas gustan también de manjares menos etéreos. Porque de París, como los niños, nos vino el restaurante, el chef y la crítica gastronómica. Fue allí donde la cocina aprendió a expresarse en clave literaria y la literatura a disfrutar de la elocuencia culinaria, cruzando sus destinos en una auténtica sopa de letras.



domingo, 3 de julio de 2011

Estamos lejos de esas sopas de la infancia

Estamos lejos de esas sopas de la infancia impuestas por decreto. De adultos sabemos que como proclama Louis de Gouy (extraído de Citas para saborear) "Una buena sopa respira serenidad, ofrece consuelo después de un día fatigoso y promueve la sociabilidad... No hay nada como un plato de sopa caliente, con su penacho de vapor aromático acariciando las ventanas de la nariz hasta llevarlas a una estremecida expectativa". O como dice el proverbio judío "las preocupaciones bajan mejor con sopa que sin sopa"

Algunos ortodoxos insisten que las sopas casan raro con los vinos. Error. Nada mejor que un consomé con Jerez, un Viognier para una liviana sopa de verduras con mucho jengibre que hacen los peruanos en el invierno neblinoso. O un Sangiovese para un minestrone al pesto... A cada sopa su vino.

Como ese chorrito de champán que se impone añadir a una crema de zanahorias y que se acompaña, lógicamente con champán, version soph del chorrito de tinto que los nonos inmigrantes añadían a la sopa cotidiana.











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