Cuando me fui por primera vez de casa a los veinte años, y comencé así una existencia básicamente nómada, mi abuela me dio un tarro pequeño con un paquete de sal y un trozo de pan. Según me contó, había un antiguo cuento popular judío que trataba de un viajero al que un ángel le hace un regalo semejante, para que nunca tuviera hambre; y para que a mí no me faltase jamás la comida, ella quería que yo cargase con el tarro dondequiera que me llevara la suerte. Tras innumerables casas en más países de los que soy capaz de recordar, el tarro está ahora en una repisa alta de la que espero que sea mi última cocina. Está ahí para recordarme que la literatura no es solamente alimento del alma.
La comida realza la realidad de la ficción. Yo siempre busco el momento en que un personaje tiene que pararse a comer porque, para mí, la simple mención de la comida humaniza una historia. Me conmueve el “pollo que no estaba cómodo asándose” que Huck y Jim se comen cuando escapan en la balsa; los frutos secos, raíces y bayas que el monstruo de Frankenstein coloca en el fuego para el desayuno, para descubrir “que las bayas se estropeaban con la operación y las raíces y frutos secos mejoraban mucho”; el “pan, arroz, tres quesos holandeses, cinco piezas de carne seca de cabra... y un pequeño recordatorio del maíz europeo” que Robinson Crusoe rescata del naufragio; la sopa de pescado “hecha de almejas pequeñas y jugosas, apenas más grandes que avellanas, mezcladas con galletas de barco machacadas y ¡cerdo salado cortado en pequeños copos! todo ello enriquecido con mantequilla y abundantemente sazonado con sal y pimienta” que la posadera sirve a Ismael y Queequeg antes de su partida en busca de la Ballena Blanca. Me convence absolutamente la aflicción de Ulises y sus compañeros porque, a pesar de estar de duelo por sus amigos, a los que el cíclope había masacrado, se toman un momento para comer y beber, llenándose de “carne de carnero en increíble abundancia y vino dulce”.
Por Alberto Manguel
La comida realza la realidad de la ficción. Yo siempre busco el momento en que un personaje tiene que pararse a comer porque, para mí, la simple mención de la comida humaniza una historia. Me conmueve el “pollo que no estaba cómodo asándose” que Huck y Jim se comen cuando escapan en la balsa; los frutos secos, raíces y bayas que el monstruo de Frankenstein coloca en el fuego para el desayuno, para descubrir “que las bayas se estropeaban con la operación y las raíces y frutos secos mejoraban mucho”; el “pan, arroz, tres quesos holandeses, cinco piezas de carne seca de cabra... y un pequeño recordatorio del maíz europeo” que Robinson Crusoe rescata del naufragio; la sopa de pescado “hecha de almejas pequeñas y jugosas, apenas más grandes que avellanas, mezcladas con galletas de barco machacadas y ¡cerdo salado cortado en pequeños copos! todo ello enriquecido con mantequilla y abundantemente sazonado con sal y pimienta” que la posadera sirve a Ismael y Queequeg antes de su partida en busca de la Ballena Blanca. Me convence absolutamente la aflicción de Ulises y sus compañeros porque, a pesar de estar de duelo por sus amigos, a los que el cíclope había masacrado, se toman un momento para comer y beber, llenándose de “carne de carnero en increíble abundancia y vino dulce”.
Por Alberto Manguel
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