Todo ello trufado con sus reflexiones y experiencias, y revelaciones como que su placer secreto consistía en secar unos gajos de mandarina sobre el radiador, para luego enfriarlos en el alféizar de la ventana y comerlos con delectación.

Continúa con “Ostras!” (1941), una opulenta exaltación del bivalvo que contrasta con la crudeza de “Cómo cocinar un lobo” (1942). Escrito y publicado en una época de gran escasez a causa de la II Guerra Mundial, Fisher se aplicó en escribir recetas de supervivencia que ampliaría cuando lo revisó en 1951, año en el que Estados Unidos salía de las cartillas de racionamiento.

“Mi yo gastronómico” (1943) descubre a la escritora viajera y hedonista que, no obstante, se crió con una abuela que no se permitía ni permitía a los demás disfrutar en la mesa, y en “Un alfabeto para gourmets” (1949), escrito cuando ya tenía “la lengua callosa y nada inocente” cada letra le sirve para abordar cuestiones gastronómicas involucrándose en otras “colaterales”.

Lo hacía así porque consideraba que “el hambre es algo distinto de los hambrientos” y porque defendía a rajatabla que “ya que tenemos que comer para vivir, lo mejor es hacerlo con elegancia y buen gusto”.