Cuanto más nos exponemos a un alimento, más nos acostumbramos a él; cuanto más nos abandonamos a sus vínculos, más nos reclama. “Como un río que no contento con reflejar las flores, los bosques, las casas de sus riberas, se llevara al océano la imagen de esas casas, de esos bosques, de esas flores”, tal y como anotó Alexandre Dumas al inicio de Una comida en casa de Rossini. De este novelista se cuenta que acudía a la cocina para revisar sus textos, al tiempo que tranquilizaba los ojos mirando el recipiente que humeaba sobre el fuego. Gioachino Rossini, del que en el fértil anecdotario gastronómico —territorio tan dado a las creencias sobrenaturales— se rumorea que escribió la célebre cabaletta ‘Di tanti palpiti’ de la ópera Tancredi mientras supervisaba la cocción de un arroz, calificada por ello como “el aria del arroz”, como nos hizo saber Stendhal. Dumas confesó que cada vez que Rossini hablaba de cocina ante él, le parecía que era para no hablar de otra cosa. Ambos respiraron dentro de la historia, fueron prolíficos creadores, auténticas celebridades en su tiempo, y celebraron su entusiasmo por la gastronomía solazando el paladar con las mejores exquisiteces. Tanto es así que el compositor pesares, autor de las óperas El barbero de Sevilla o Guillermo Tell, inspiró infinidad de recetas imperecederas y un sinnúmero de anécdotas que han delineado esa imagen de carácter afable y vitalista que ha quedado en el imaginario gourmet. Su nombre está unido para siempre a los tournedós y los canelones, a las supremas de faisán y los tallarines, a los huevos, cremas, frittatas, pescados e infinidad de platos eruditos bautizados “a la Rossini” que circulan por recetarios y sitios web de medio mundo.
domingo, 18 de mayo de 2025
Cuanto más nos exponemos a un alimento, más nos acostumbramos a él; cuanto más nos abandonamos a sus vínculos, más nos reclama. “Como un río que no contento con reflejar las flores, los bosques, las casas de sus riberas, se llevara al océano la imagen de esas casas, de esos bosques, de esas flores”, tal y como anotó Alexandre Dumas al inicio de Una comida en casa de Rossini. De este novelista se cuenta que acudía a la cocina para revisar sus textos, al tiempo que tranquilizaba los ojos mirando el recipiente que humeaba sobre el fuego. Gioachino Rossini, del que en el fértil anecdotario gastronómico —territorio tan dado a las creencias sobrenaturales— se rumorea que escribió la célebre cabaletta ‘Di tanti palpiti’ de la ópera Tancredi mientras supervisaba la cocción de un arroz, calificada por ello como “el aria del arroz”, como nos hizo saber Stendhal. Dumas confesó que cada vez que Rossini hablaba de cocina ante él, le parecía que era para no hablar de otra cosa. Ambos respiraron dentro de la historia, fueron prolíficos creadores, auténticas celebridades en su tiempo, y celebraron su entusiasmo por la gastronomía solazando el paladar con las mejores exquisiteces. Tanto es así que el compositor pesares, autor de las óperas El barbero de Sevilla o Guillermo Tell, inspiró infinidad de recetas imperecederas y un sinnúmero de anécdotas que han delineado esa imagen de carácter afable y vitalista que ha quedado en el imaginario gourmet. Su nombre está unido para siempre a los tournedós y los canelones, a las supremas de faisán y los tallarines, a los huevos, cremas, frittatas, pescados e infinidad de platos eruditos bautizados “a la Rossini” que circulan por recetarios y sitios web de medio mundo.
lunes, 13 de enero de 2025
Dónde están los sabios.Manuel Vicent
Manuel Vicent-Dónde están los sabios
Hay sabios que todo lo que saben es porque lo han leído; hay sabios que todo lo que saben es porque lo han vivido. Ignoro qué da más profundidad a la vida, si leer a Shakespeare u oler una hogaza de pan candeal recién salida del horno. Puede que ese perfume del pan posea más hondura que el monólogo de Hamlet, puesto que permanece arraigado en el cerebro hasta la muerte, mientras las dudas de aquel príncipe de Dinamarca se las lleva el viento. Creo que el triángulo que el panadero traza sobre la corteza crujiente de una hogaza de pan de pueblo tiene más ver-dad que aquel equilátero que contenía el ojo vigilante de Jehová. Si algún joven aspirante a escritor me pidiera un consejo le diría: “Lee a Horacio, lee a Shakespeare, lee a todos los grandes, pero después abre la ventana, asómate a la calle y disponte a oír el grito del chatarrero. Al llegar a cualquier ciudad desconocida visita antes el mercado que la catedral, antes los bares que los mu-seos, y en lugar de ir al teatro prueba sentarte en una terraza soleada para ver pasar el río de la gente. Cada persona lleva un mapa en la cara que te remite a regiones ignotas del alma humana. En este año que empieza no formules ningún propósito, salvo el de pasar los días un poco entretenido en medio del disparate de la vida que nos rodea. Busca la compañía de los científicos y de los sabios que lo saben todo por experiencia, pero no de los intelectuales cabreados que cambian de garita para disparar sin saber que lo hacen sobre su propio cabreo. ¿Dónde están los sabios de antaño? Aquellos labriegos herméticos, aquellos marineros cocidos por el sol de la mar, hay que ir a buscarlos en las tabernas del puerto o en las solanas de los pueblos abandonados. Allí se ven algunos viejos con el bastón entre las piernas luciendo una camiseta de la Harvard University. Se la ha mandado su nieto que está haciendo un máster en Estados Unidos. Tal vez le su boca salga alguna sentencia parecida a las de Epicteto o de Mareo Aurelio.
